
Iniciamos los preparativos de ese viaje con mucha ilusión y escasos medios. La idea era recorrer aquella parte de Nueva Inglaterra situada al nordeste de Massachussets, en busca de sus fantásticos paisajes de espesos y sombríos bosques en su interior y costas de salvajes acantilados, visitando algunos lugares de los que teníamos noticias por sus increíbles leyendas y supersticiones.
Decidimos montar nuestro “cuartel general” en Arkham, donde contratamos a un precio accesible para nuestras economías unas habitaciones con derecho a cocina y, desde allí movernos visitando todo lo que diera de sí nuestra tiempo y, claro está, nuestro dinero.
Arkham no nos decepcionó y tampoco nuestro alojamiento, que era una preciosa casa regentada por una pareja que vivía en la planta baja y alquilaba las habitaciones de la parte superior a estudiantes y turistas como nosotros.
La ciudad en su parte más antigua, conservaba aún casas con tejados a la holandesa que se alzaban sobre los desvanes en los que antaño se ocultaban las brujas. Tenía laberintos de oscuras callejuelas con olor a moho, que parecían inimaginables en una ciudad de nuestros días. Y en el centro del río Miskatonic había una isla con una extraña hilera de monolitos grises cubiertos de musgo, de origen tan oscuro como inmemorial.
Con gran curiosidad visitamos la Universidad de Miskatonic, porque habíamos oído hablar que entre los fondos de su Biblioteca, figuraba el famoso Necronomicon del árabe loco Abdul Alhazred en la versión latina de Olaus Wormius, impreso en España en el siglo XVII, pero aunque lo intentamos, el bibliotecario se negó, amable pero tajantemente, a que tan siquiera pudiéramos echarle una ojeada y mucho menos a que pudiéramos leer algún párrafo. Nos dijo que era el más conocido de los libros prohibidos que custodiaban, pero que ni ése ni otros de los que se alineaban en sus estanterías, podían ser consultados más que por ciertos investigadores poseedores de permisos especiales. Nos sugirió, que si estábamos interesados en ese tipo de cosas, podíamos ver una curiosa joya que se conservaba en la sala de exposiciones de la Historical Society.
Hacia allí nos dirigimos picados por la curiosidad y, efectivamente pudimos contemplar en una vitrina una especie de tiara que nos llamó poderosamente la atención. Según una explicación que figuraba en una cartulina, la tiara era de procedencia dsconocida y había sido vendida a la institución por un marinero de Innsmouth. Era de oro, pero con un extraño lustre que sugería la aleación con otro metal desconocido. Tenía grabados muchos adornos, algunos simplemente geométricos, otros claramente marinos. Entre estos relieves, había fabulosos monstruos de rasgos grotescos y malignos que hacían pensar en seres mitad peces y mitad batracios de una perturbadora maldad. Lo que más nos llamó la atención, fue que la tiara parecía diseñada para una cabeza de contorno anormalmente elíptico.
El encargado de la sala, nos dio muchas explicaciones sobre la curiosa joya. Dijo que aunque los investigadores no acabaran de ponerse de acuerdo sobre su origen, quizá estuviera vinculada con un culto pagano importado de Polinesia por el capitán Obed Marsh. Parece ser que este personaje de dudosa reputación y natural de Innsmouth, trajo de sus numerosos viajes efectuados alrededor de los años 20 del pasado siglo, una especie de culto secreto que hizo desaparecer poco a poco al resto de las iglesias ortodoxas de la ciudad. Además de eso, según parece traía gran cantidad de joyas de extraña factura que fundían en una refinería de oro, lo que junto con un espectacular crecimiento de la pesca –su forma de vida más tradicional-, proporcionó por algún tiempo un periodo de despegue económico a la ciudad.
La tiara que actualmente estaba expuesta ante nuestros ojos, procedía de uno de esos botines. Uno de los marineros contratados por el capitán Marsh totalmente alcoholizado, la robó con el propósito de obtener dinero por ella. Los Marsh intentaron en repetidas ocasiones recuperarla ofreciendo grandes sumas de dinero, pero obviamente no lo habían conseguido.
En definitiva, que después de todo esto, estaba claro que nuestra próxima visita sería a Innsmouth.
Innsmouth se encuentra en una costa plagada de acantilados en la desembocadura del río Manuxet. Aunque bastante cerca de Arkam, se encuentra muy aislado por una unas extensas marismas solitarias y despobladas y por que hasta allí no llega el ferrocarril. Se dedican sobre todo a la pesca y su única industria es la refinería de oro que hoy día apenas tiene actividad. Casi desierto, su aspecto no puede ser más deteriorado y carcomido, acusándose más los rasgos de decadencia en el ruinoso puerto de muelles podridos. Daba pena ver como se mantenían en pie a duras penas, hermosas casas con restos de su antigua grandeza.
La gente no era amistosa y era evidente que no les gustaban los turistas. Nos hicieron saber que ciertos lugares eran territorio prohibido y que no era aconsejable acercarse ni a las iglesias ni a la refinería Marsh. Al verlos, nos acordamos que el conservador de la Historical Society había hablado sobre la “pinta de Innsmouth” y, efectivamente, ésta era de lo más peculiar. Seguramente debida a la endogamia, la gente había desarrollado unos rasgos bastante repelentes que sugerían una especie de degeneración biológica. Tenían la cabeza larga y estrecha, los ojos saltones que parecían no parpadear nunca, la nariz chata, las frente y la barbilla huidizas, las orejas muy pequeñas y los labios grandes y gruesos. Su piel era rugosa y tenía extrañas costras y además, tendían a quedarse calvos muy jóvenes. A decir verdad, no vimos a ningún viejo.
La visita a Innsmouth nos produjo una cierta sensación de desasosiego, de manera que todos nos sentimos aliviados al marcharnos de aquel lugar decadente impregnado de olor a
pescado.
Aquella noche regresamos a nuestro alojamiento más temprano de lo que habitualmente solíamos hacerlo, lo que nos permitió compartir algo de tiempo con nuestros anfitriones. Creo que hasta ahora no había hablado de ellos. Se trataba de una pareja de mediana edad, los Pierce, simpáticos y discretos a los que apenas habíamos visto hasta ahora por nuestro continuo ir y venir. Nos permitían disponer de la parte que nos correspondía de la casa a nuestra conveniencia y la única recomendación que nos habían hecho era que no debíamos beber del agua corriente de Arkham. De hecho, en la casa había siempre una gran cantidad de agua embotellada que nos instaban a consumir. Sin embargo, en la ciudad nos habían dicho que el agua era perfectamente potable y que no era necesario comprarla.
Cuando les contamos, un poco en broma, el montón de chismes que habíamos recogido en nuestras andanzas y nos sorprendieron al respondernos que en Arkham y sus alrededores siempre habían ocurrido cosas extrañas, no pudimos menos que preguntarles si una de esas cosas a las que aludían no tendría que ver con aquella manía del agua. Tras hacerse algo de rogar, nos confesaron que ni ellos, ni nadie en su familia desde los tiempos del abuelo Ammi, bebían del agua de la red desde que ésta procedía del embalse construido hacia 1900.
Parece ser, según nos contaron, que antes de la construcción del pantano, se trataba de una zona de bosques y colinas agrestes en cuyos valles se asentaban, más o menos dispersas, granjas donde habitaban varias familias que vivían de su trabajo en la tierra. La vida transcurría con normalidad hasta que una noche una gran roca cayó del cielo para incrustarse junto al pozo de la granja de los Gardner los antiguos vecinos de su abuelo –gracias al cual, ellos conocían lo que pasó-.
Nos dijeron que hoy día casi nadie recuerda esa historia, pero entonces fue ampliamente difundida por el Arkham Advertirser y la Universidad de Miskatonic envió a un equipo de investigadores para el estudio del meteorito. Éste era muy blando y tenía en su interior una especie de glóbulos palpitantes de un brillante color completamente diferente a los de nuestro espectro normal. Sin embargo, para frustración de los investigadores, primero las muestras que recogieron y luego el mismo meteorito en su totalidad, fueron disminuyendo de tamaño hasta desaparecer en unos pocos días.
Después de esto, las cosechas fueron de mal en peor, el ganado enfermaba hasta morir e incluso la familia comenzó a verse afectada por una extraña locura que fue acabando con ellos de uno en uno. Lo que fue un tiempo un terreno cuidado y fértil, se convirtió en un páramo desolado, un lugar que parecía haber sido arrasado por un incendio o corroído por un ácido donde nunca volvió a crecer nada. Ese fue el lugar que poco después inundaron para que sirviera de abastecimiento de agua a la ciudad.
Esta última historia escuchada de labios de unas personas tan aparentemente normales, nos dejó muy desconcertados. Sólo su aspecto serio y algo avergonzado, nos impidió que estalláramos en risas y preferimos irnos a la cama antes que ofenderlos con incontenibles carcajadas.
Al día siguiente, teníamos pensado ir a Dunwich donde, según teníamos entendido, podían verse en las cimas de muchas de las redondeadas colinas que lo circundaban, un gran altar o mesa y círculos formados por columnas de piedra . Todas estas ruinas estaban vinculadas con historias de brujería y ritos nocturnos que se celebraban las vísperas del primero de mayo y Todos los Santos.
Sin embargo, tuvimos que demorar nuestra salida cuando vimos aparecer al Sr. Pierce que quería hablar con nosotros. Nos dijo que estaba preocupados por la opinión que podríamos habernos formados de ellos, que quizá pensaríamos que su mujer y él estaban completamente locos debido a la conversación de la noche anterior. Repitió que Arkham era un lugar antiguo y que sucedían muchas cosas, tanto en la ciudad como en algunos de sus lugares cercanos, que no eran completamente normales. Por ejemplo, dijo, la gente. Había una mayoría de personas de apariencia normal, pero también otras que no lo eran en absoluto y que él se reía de las teorías que pretendían explicar que la pinta de los habitantes de Innsmouth o los de Dunwich que íbamos a ver hoy, se debía únicamente a la endogamia.
El hombre se iba excitando poco a poco con sus propias divagaciones hasta decir algo parecido a que “los Antiguos se mezclan con los humanos y dejan su rastro en su prole”. Que en Dunwich con las hogueras que encendían en ciertas fechas y los ritos que celebraban junto al altar de piedra o en los círculos de monolitos, “hacían bajar a esos seres”, y que hay otros que viven en el mar que también establecen pactos horribles con los hombres por lo que aparecen rasgos no humanos en las viejas familias de la costa.
En fin, que lo que empezó como un intento de justificación y de intentar tranquilizarnos por su extraño comportamiento de la noche, degeneró en aquella especie de locura que nos dejó casi sin habla. Su mujer apareció poco después y al ver lo que estaba ocurriendo, nos pidió por favor que nos fuéramos cuanto antes.
Ese fue el final del viaje. Hicimos precipitadamente el equipaje y ya no tuvimos ganas de buscar otro alojamiento y prolongar nuestra estancia en Arkham, marchándonos de nuevo en busca de un poco de ruido y contaminación. (más info)
Por Keziah Mason











